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No hay duda de que un aborto es casi siempre un motivo de malestar y desazón para la mujer. Como si no fuera bastante difícil tomar una decisión irreparable, las mujeres que se plantean un aborto, deben pasar también por el acoso moral de “matar una vida”.

Tal vez no nos demos cuenta de la cantidad de violencia que se ejerce sobre las mujeres y sus cuerpos, pero no hay duda de que ésta es una de las más crueles. El cuerpo de la mujer es muy complejo, aún más su sexualidad, estamos dominadas por las hormonas, máxime durante el embarazo, por temprano que sea.

En la maternidad no todo es un “se me pasa el arroz” o “mi reloj biológico me está avisando” ni el “sentimiento maternal”, nos viene concedido por generación espontánea. Hay mujeres que no desean ser madres, ni ahora ni más adelante, ni nunca. Las hay que desean serlo, pero en este momento preciso, prefieren esperar a una mejor pareja, un momento vital y/o económico mejor, etc… Nos creemos siempre en posesión de la verdad absoluta y no hay nada en este tipo de actitudes que ayude a la embarazada que desea no estarlo.

Acompañar, respetar, mostrar afecto, pasar a un segundo plano, escuchar con atención, son algunas de las cosas que debemos hacer en estas situaciones. No forzar a un aborto no deseado ni, por supuesto, hacer sentir culpable a la mujer que ha decidido someterse a esa intervención.

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Dejemos de lado nuestras creencias religiosas, dejemos de lado la moral, no prestemos atención más que al ser humano que está pasando uno de los peores momentos de su vida, decidiendo si traer, o no, una vida a este mundo a través de su cuerpo.

Mostrémonos como personas solidarias, amorosas y empáticas, porque de esa forma se supera un aborto y se desmatriza la situación. Que no es sinónimo de banalizar, por supuesto, si no de hacer un camino nuevo por quien puede verse atorada en un recodo.

Conxa Borrell